Para comenzar, la masacre de Trujillo es el
nombre que se le adjudica a la serie de hechos que acontecieron en los
municipios de Trujillo, Riofrío y Bolivar entre las fechas de 1986 y
1994. En relación a lo anterior, es importante señalar que las décadas de
los 80’s y 90’s en Colombia se caracterizan por ser periodos de guerras y
masacres en los cuales se degrada el conflicto armado del territorio siendo la
principal víctima la población civil (Moreno, 2011). De igual manera, es importante resaltar que
es en este mismo periodo cuando el narcotráfico empieza a financiar los grupos
armados colombianos al igual que surgen las AUC como medio de supuesto control
y erradicación de estos grupos, presentase una notoria inactividad o falta de
control de los organismos públicos de poder en estas situaciones (Patiño,
2012).
Desde esta perspectiva es importante iniciar
contextualizando al lector alrededor de los municipios en los cuales sucedieron
los hechos. Trujillo, Riofrío y Bolivar son municipios ubicados en el Valle del
Cauca, siendo caracterizadas la época de 1800 y 1900 principalmente por el
trabajo en el campo al ser sectores rurales. Tal y como se agregó
anteriormente, este periodo temporal en Colombia se caracterizó por la
violencia propiciada por los grupos armados ilícitos del país, siendo más
proclives a ser afectados o a generar lazos con estos grupos armados aquellas
poblaciones que se encontraban ubicadas en territorios rurales y con
ubicaciones estratégicas para el cultivo. En función de lo anterior, es importante
señalar que la razón por la cual se desarrollaron estas masacres es debido a la
creencia de la existencia de lazos entre la población de estos municipios y el
ELN, de manera que el Estado, como acto de contrainsurgencia, genera una
alianza entre el narcotráfico y las fuerzas de seguridad como la policía y el
ejército realizando una gran masacre en la región (Melo, 2008;
Moreno, 2011; Silva-Cañavelar,
2012).
En este orden de ideas, es importante señalar
que estos actos delictivos constaron de desapariciones forzadas, torturas,
homicidios selectivos, detenciones arbitrarias y masacres entre las cuales se
encontraban muchas torturas pertenecientes al narcotráfico en las cuales se
encuentra la mutilación de los cuerpos de las víctimas, uso de motosierras y la
acción de arrojar cadáveres o sus fragmentos al rio Cauca. Además, es
importante señalar que estos hechos se desarrollaron de tal manera que se
generalizo una estrategia en la cual se realizaban homicidios selectivos y
desapariciones en lugares y momentos distintos evitándose así el
establecimiento de conexiones entre estos, impidiendo el reconocimiento público
de estos hechos como una causa única. En esta masacre fueron cometidos
aproximadamente 245 homicidios (Melo, 2008; Silva-Cañavelar,
2012).
En función de lo anterior, es importante
señalar que el impacto psicosocial en la población parte desde cuestiones
más económicas como la generación de pobreza debido al asesinato de individuos
fundamentales para familias en cuestiones de producción, al igual que el
asesinato de personajes claves para las comunidades como enfermeras,
sacerdotes, dirigentes políticos, comerciantes, entre otros. En relación a lo
anterior, es importante señalar que una de las personas asesinadas fue el padre
Tiberio Fernández que era un líder de la comunidad y organizados de las
cooperativas de campesinos, el cual fue señalado como perteneciente a las
guerrillas debido a su crítica hacia hechos que se encontraban sucediendo en la
comunidad, de manera que fue torturado, asesinado y lanzado al rio Cauca (Melo, 2008;
Moreno, 2011).
Además, es importante señalar que el número
de personas desplazadas es alto, generándose una ruptura en las redes sociales
de estas comunidades y una obligatoriedad a migrar a la cuidad. Asimismo, al identificarse
las autoridades como agentes activos en estos hechos, se generó una alta
desconfianza de la población hacia estos grupos, de manera que actualmente los
conflictos que se presentan en estos municipios no se resuelven o se pasan por
alto. Por otro lado, la incapacidad de poder recuperar los cadáveres de las
personas asesinadas y la profanación de estas, impide el proceso de duelo de
estos individuos, de manera que las víctimas no han podido elaborar su proceso
de duelo teniendo heridas abiertas y una gran incapacidad de recuperar su
memoria histórica y dignidad de su comunidad (Melo, 2008; Moreno, 2011).
A partir de la anterior contextualización es
posible analizar los roles de víctimas y victimarios, las consecuencias en la comunidad
y el papel del estado en los acontecimientos previamente descritos, al tiempo
que es posible establecer una relación directa entre cada uno con los conceptos
de violencia, poder, fatalismo, el ya nombrado trauma psicosocial y la mentira institucionalizada.
Así las víctimas de esta masacre serán directamente los miembros de la
comunidad (Martín-Baró, 2000) de cada uno de los municipios implicados al
tiempo que la violencia, en su trasfondo ideológico (Martín-Baró, 2000), como
un intento de acabar con las fuerzas de ELN, el estado realiza la alianza
narcotraficante y con las nacientes AUC, dando inicio a la base del acto
violento. Y Así el papel del estado empieza a realizar a hacer su aparición, en
tanto como victimarios, buscaron reducir las culpas, dando explicaciones
individuales de sus actos que culpaban los actos de los demás y explicaciones en
masa que justificaban a unos muchos más, e intentando dejar atrás el peso del
sistema social con sus normas y justificaciones acerca de los actos de
violencia. Del mismo modo, el estado, en el ejercicio del poder, pasaron
desapercibidos como una relación normal de estado-pueblo cuando de manera sutil
se formó de manera violenta ante el sometimiento de los pueblos y sus miembros
(Orellana, 2008). Igualmente, de una manera sutil, el poder va hundiendo más a
aquellos que lo carecen y favoreciendo a aquellos que lo poseen (Orellana,
2008), y en el caso de los victimarios como las AUC, Diego Montoya y Henry
Loaiza, fue la puerta de entrada ante la colaboración gubernamental que en los
tiempos futuros les permitió expiar culpas antes la aceptación del gobierno de
los hechos dado en la comisión de la verdad. Del mismo modo, el nacimiento
reciente de la necesidad de una comisión de la verdad que pusiera en tela de
juicio la memoria histórica de los actores de la masacre con el fin de enmarcar
dentro de la verdad los hechos sucedidos en estos años, destaca la mentira
institucionalizada, en cuanto el mismo gobierno en su intento de expiación de
culpas y limpiarse las manos, se enmarco en la mentira y la polarización de la
población al abdicar a la culpa a únicamente los grupos ilegales; y finalmente
ha sido la verdad histórica la que ha salido a la luz a tumbado el intento de
exculparse, teniendo que aceptar la culpa y pedir el perdón.
Ahora bien, el papel de la comunidad se
enmarca dentro del fatalismo en la medida que las posteriores consecuencias
demuestran la perpetuidad de la desigualdad sin el más mínimo atisbo de
violencia, solo ideología (Orellana, 2008), en la misma creencia y desconfianza
que la comunidad tiene ante las posibles acciones del estado futuro, y del
mismo modo, al ponerlos en situaciones y contexto difíciles y de carencia,
asumen que ese presente en el cual se encontraban será una situación
existencial que no tendrá salida, a la cual
pertenecerán de manera indefinida en el tiempo y de la cual solo podría
esperarse un desenlace fatal.
Referencias
Martín-Baro,
I. (2000). La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial
en El salvador. En: Martín Baró, I.
& Colab. (2000) Psicología Social de la Guerra. El Salvador: UCA Editores. Págs. 65-84
Melo,
V. (2008). La masacre de Trujillo y los mecanismos del terror. Recuperado de
http://www.semana.com/on-line/articulo/la-masacre-de-trujillo-los-mecanismos-del-terror/95142-3
Moreno,
D. (2011). Volver la mirada a Trujillo y El Salado: impunidades, silencios
y batallas por la memoria. Recuperado de http://conti.derhuman.jus.gov.ar/2011/10/mesa_22/moreno_mesa_22.pdf
Orellana,
C. (2008). La Obra de Ignacio Martín Baró: Conceptos Fundamentales
Paz,
O. A. (2004). La tortura. Efectos y afrontamiento.
Estudio Psicosocial. Guatemala: ECAP.
Patiño,
J. (2012). Violencia y conflicto armado en Colombia. Recuperado de https://latierrayelhombre.wordpress.com/2012/04/28/violencia-y-conflicto-armado-en-colombia/
Reed,
M. (2013). Polarización Social. En: El
Colombiano. Recuperado
de: http://www.elcolombiano.com/polarizacion_social-PBEC_245956
Silva-Cañavelar,
S. (2012). La violencia en Colombia: una perspectiva desde el arte. Revista nodo, 7(13),
43-56.
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