A
continuación se realizará el análisis de la problemática seleccionada
a la luz de los conceptos de violencia, polarización social, trauma
psicosocial y mentira institucionalizada. Para comenzar, la violencia se
refiere al momento en el cual, cuando el poder desde la ideología pierde su
influencia o incluso su mismo poder, aquellos con él optarán por el siguiente
nivel: la tortura, la opresión política, el asesinato, la vida opresiva. Martín
Baró destaca dentro de sus estudios la importancia de ver a la violencia más
allá de un solo hecho que causa daño, si no como un compendió de trasfondo
ideológico que será la base para el acto violento. Destacará la importancia de
como el sistema busca reducir las culpas, da explicaciones individuales que
culpan a unos pocos o explicaciones en masa que justifican a unos muchos más,
dejan atrás el peso del sistema social con sus normas y justificaciones acerca
de los actos de violencia (Orellana, 2008).
Así, desde el conflicto armado colombiano es notable como entre los bandos enfrentados, la violencia se trata de un compendió ideológico, de aquello que cada uno de los está creyendo que es lo correcto y al mismo tiempo que es el deber ser de la manera como el país debería gobernarse y mantenerse. Es destacable además como ambos bandos dentro del conflicto intenta minimizar las culpas en función del daño que hacen a las victimas ajenas al conflicto, pero al mismo tiempo intentan hacer responsable a los otros, y así es como el gobierno culpa a los grupos armados ilegales, y estos al gobierno, en un círculo vicioso, que deja de lado y entierra la importancia y el impacto social, y buscan justificaciones para intentar evadir las normas y mecanismos que penalizan los actos violentos.
Otra
de las particularidades de la violencia es la evolución del conflicto armado
colombiano tal como sucedió con el salvadoreño; así se pasó de una guerra
mantenida por el terrorismo del estado, a una guerra dirigida
por un orden militar (Martín-Baró, 2000). De este modo ahora
es destacable como existen zonas militarizadas, tanto por el gobierno
por un lado, como por los grupos armados por el otro lado, y así es como
se conocen pueblos que ahora no están poblados por civiles, si no por
los mismo grupos tanto legales como ilegales, en una guerra constante por
la mejor ubicación que permita la mayor ocupación de los puestos claves que
permitan una ventaja sobre el conflicto. Y a partir de esto, las ocupaciones se
vuelven en el pretexto para realizar acciones militares aparentemente
"justificadas" en función de acabar el conflicto pero que lo que
realmente hace es perpetuarlo.
Por
su parte la polarización social se refiere a la identificación de las personas
de la sociedad con alguno de los bandos del conflicto; será un proceso dirigido
a que la sociedad tenga cierta identidad personal con el fin de generar dos
opuestos bandos que son repelentes entre sí, y en la cual dependiendo de la
extremidad de la posición, que podrá saber con qué bando se está: ellos o
nosotros (Reed, 2013); en la misma línea, Martín-Baró (2000) describió a la
polarización social como una condición psicológica necesaria para la guerra, al
evitar que las personas hagan ejercicio de representación interiorizado, y así
la polarización anula la conciencia de mentalidad o de sensibilidad, siendo el
camino más fácil para justificar todas las acciones que podrían ser incluso
ilegítimas.
El
mejor caso de una polarización social que puede tener nuestro conflicto armado
fue el dado en el periodo de la presidencia Uribe, en la cual la sociedad
colombiana se polarizo de manera radical a la
ideología política imperante que buscaba acabar con los grupos
armados ilegales, en tanto otro afianzaban su creencia de apoyo en estos. Del
mismo modo hoy en día vivimos un proceso de polarización social, en cuanto
aquellos que se oponen al proceso de paz como aquellos que están a su favor, y
se nota como el gobierno colombiano y la fuerza armada han puesto en marcha
planes que buscan ganar el seguimiento de los colombianos en base a los ideales
de la supuesta paz a conseguir. Así mismo, en su momento, la polarización
social fue evidente en el país en aquellos debates continuos en
la época de los secuestros, en la cual ambos bandos
enfatizaban el antagonismo constante del otro grupo, agrandando las
fuentes del odio entre los grupos. El proceso de paz, que se supone busca la
intensión de la despolarización social a la luz de la unión de ambos
bandos por este fin, ha encontrado en los grupos opositores y quienes
favorecen la nueva fuente de una futura polarización en el país.
Desde
las masacres, es evidente como la polarización social juega un papel
fundamental, en tanto se justifican y se da incluso valor a las masacres que
pueden surgir del conflicto entre ambos bandos, como un intento de continuidad
del conflicto enmascarado en la solución del mismo. Las acciones son
deshidratas de sus consecuencias y enmarcan dentro de lo legítimos como
respuestas al opresor o al atacante, y las victimas quedan tanto vulneradas
como desamparadas. Retomando el proceso de paz, la ilegitimación de las
acciones de los grupos armados bajo el cobijo de la consecuencia de la
paz, es la fiel muestra de la polarización social y de la anulación de la
mentalidad y la conciencia de quienes lo apoyan a las consecuencias directas de
las masacres y las confrontaciones del conflicto.
Así
pues, al abordar la problemática de las masacres en Colombia desde el concepto
de trauma psicosocial es importante agregar que las masacres hacen parte de la
memoria histórica de una determinada comunidad, de tal manera que el trauma
generado en la misma en función de este hecho repercute en el tejido social, en
el cual se hallan los sentidos y proyectos de vida de las personas
pertenecientes a estas comunidades. Alrededor de lo anterior, es importante
comentar que estos traumas, generan un impacto psicológico en las personas y
los grupos, de tal manera que su funcionamiento normal se va a ver alterado. En
este sentido, se debe comentar que estas comunidades nombradas anteriormente,
cargan consigo una historia manchada de sangre y de dolor, en la cual se ha
configurado un sentimiento de desconfianza y de temor constante, como se
evidencia en las comunidades del Alto Naya, las cuales se sienten incapaces de
regresar a su territorio originario a raíz del temor de ser nuevamente atacados
(Ackermann, et al., 2005; Martín, 1999a, 1999b; Paz,
2004).
En
este orden de ideas, es importante señalar que a la hora de trabajar con estas
comunidades es importante hacerlo alrededor de la significación que se
le ha atribuido a la situación traumática, que en este caso son las masacres,
de manera que se pueda intervenir alrededor de las estructuras de poder, ya que
la mayoría de estas situaciones se encuentran relacionadas no solo con grupos
subversivos sino que también con grupos paramilitares y con la misma fuerza de
seguridad encarada de mantener un supuesto orden en el país. Así pues, es
importante agregar que las consecuencias de estas situaciones no solo han
tenido repercusiones a nivel individual, sino que también estos sentidos
asignados se instauran en los sentidos colectivos de estas comunidades
(Ackermann, et al., 2005; Martín, 1999a, 1999b; Paz,
2004).
Es
por esto que para lograr comprender estos significados, se debe indagar en la
manera en la cual estas personas han significado estas situaciones, con la
finalidad de identificar cual es el tejido social que se ha construido y poder
repararlo, por medio del trabajo conjunto con estas comunidades que han sido
afectadas a través del paso de sus generaciones debido al hecho que se carga en
su memoria histórica. En función de lo anterior, debe señalarse que este
trauma psicosocial hace parte de la historia de la comunidad y de lo que es en
un presente, de manera que se deben comprender las masacres como
acontecimientos consecuencia de la violencia presentada en el país debido a las
disputas del poder y territorio, comprendiéndose que han sido actos delictivos
en los cuales se han cobrado víctimas inocentes o “mártires” que vivirán en la
memoria de un pueblo y que deben resarcirse a partir de la ley de victimas
vigente en Colombia.
Por
último, en función del concepto de mentira institucionalizada, es importante
señalar que este término hace alusión a la imposición de una realidad a una
comunidad, que es ajustada a conveniencia de los organismos de control, con la
finalidad de ocultar hechos en los cuales pueda verse afectada su reputación.
En función de lo anterior, se instaura en las comunidades sentimientos de
desconfianza hacia estor organismos de control e instituciones públicas, de
manera que estas imposiciones se implementan en la cotidianidad de estas
personas, como medio de supervivencia, incorporándose en su realidad como una
imposición (Gaborit, 2006).
En
relación a lo anterior, es importante señalar que a la luz de las masacres
realizadas en el contexto colombiano, se encuentra una notable falta de
información alrededor de los verdaderos victimarios y de las razones que los
llevaron a esto, de manera que en los noticiarios y diarios del país, se
utiliza la técnica de “cortina de humo” en la cual se ha adjudicado
constantemente estos asesinatos a los grupos subversivos más conocidos del país
que son las Farc y el ELN, de manera que por años se ha dejado impune a grupos
armados como lo son las AUC (paramilitares) y la misma fuerza pública que ha sido
partidaria de muchas de estas masacres (García-Arboleda, 2010).
Es
por esto, que es de suma importancia tener en cuenta que las comunidades, a
partir de su memoria histórica que es transmitida de generación en generación,
guardan los conocimientos reales alrededor de los sucesos acontecidos en su
territorio y que afectaron a sus familias y personas más cercanas. Así pues, se
señala que estos individuos poseen gran desconfianza hacia los organismos de
control del país puesto que se han “maquillado” u ocultado los hechos reales
que se han generado en estas comunidades, generándose una desconfianza hacia el
estado y la fuerza pública que ha sido cómplice o no ha evitado la sucesión de
estos hechos. Por ultimo, es importante señalar, que alrededor de este concepto
y de la problemática elegida, es común en el territorio colombiano la
existencia de este tipo de situaciones en las cuales se quedan impunes ante
hechos delictivos, en la medida que a los organismos de control no les conviene
que su reputación se vea afectada por encontrarse relacionados con determinadas
situaciones delictivas acontecidas en el país, así pues, situaciones
como estas quedan olvidadas o son modificadas, ocultándose los
hechos reales que son propiciados en ocasiones por grupos que han sido
creados por estos organismos (paramilitares) y que trabajan de la mano de
grandes terratenientes con el fin de poseer mayor número de
territorios y de producto bruto interno PBI.
Referencias
Ackermann,
S., Domínguez, M., Soto, N., Kjaerulf, F., Berliner, P., y Mikkelsen, E.
N. (2005). Psycho-social
support to large numbers of traumatized people in post-conflict societies: An
approach to community development in Guatemala. Journal of Community and Applied Social Psychology, 15,
136-152.
Gaborit, M. (2006). Memoria Histórica: Relato desde
las víctimas. Pensamiento Psicológico, 2(6), 7-20.
Martín-Baro,
I. (2000). La violencia política y la guerra como causas del trauma psicosocial
en El salvador. En: Martín Baró,
I. & Colab. (2000) Psicología Social de la Guerra. El Salvador: UCA Editores. Págs. 65-84
Martín
Beristain, C. (1999a). Reconstruir el tejido social.
Barcelona: Icaria.
Martín
Beristain, C. (1999b). Afirmación y resistencia. La
comunidad como apoyo. En P. Pérez Sales (coord.), Actuaciones
psicosociales en guerra y violencia política. Madrid: Exlibris
Orellana,
C. (2008). La Obra de Ignacio Martín Baró: Conceptos Fundamentales
Paz,
O. A. (2004). La
tortura. Efectos y afrontamiento. Estudio Psicosocial.
Guatemala: ECAP.
Reed,
M. (2013). Polarización Social. En: El
Colombiano. Recuperado de: http://www.elcolombiano.com/polarizacion_social-PBEC_245956
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